Luego de una extensa gira que realizaron por el Interior del país, el Proyecto SanLuCa, este trío conformado por Raúl Carnota (guitarra), Rodolfo Sánchez (percusión) y Franco Luciani (armónica), volvió a presentarse el martes 20 de noviembre a las 21 en el Velma Café (Gorriti 5520). El ciclo continuará con tres conciertos más los días 27 de noviembre, y 4 y 11 de diciembre en el mismo horario.
La propuesta artística arrancó puntual con la zamba de Atahualpa Yupanqui, Viene clareando y siguieron con Rumbo Al Algodón, un tema de Raúl Carnota y Raúl Junco. Seguido hicieron una nueva versión de Ñapolí, que ahora se llama Ñapolice, en homenaje a The Police y comienza con el trío haciendo los primeros acordes de un tema del grupo que lidera Sting.
“Esta canción se la compuse a un amigo que vive en Santiago del Estero, un gran intelectual…de su propia vida…de grandes cavilaciones….con él mismo y que tiene desidia para realizar lo que piensa”, así explicaba Carnota por qué a la siguiente canción la bautizó Chacarera del pensador.
SanLuCa recorre distintos géneros, desde la música del Litoral hasta el tango, por eso continuaron con Sur donde Luciani (no en vano, algunos lo llaman “el heredero de Hugo Díaz”) hizo sonar su armónica como si fuera un bandoneón.
Este compositor, intérprete, autor y cantante que es Carnota le gusta hablar y mucho en cada una de sus presentaciones con su público. “Hace muchos años me contaron la historia de este tema que aparece bajo la firma de Cátulo Castillo y Enrique Santos Discépolo. Lo extraordinario es que ya Discépolo había muerto, pero Castillo dijo que su entrañable amigo apareció en un sueño y le dictó la letra de corrido, por lo que solo tuvo que ponerle la música a este tango canción (un estilo que ya casi no existe) llamado Mensaje”.
Siguieron con un gato del "Cuchi" Leguizamón, El alero y para la siguiente interpretación, una vez más, Carnota abrió el prólogo: “este tema habla de un viento de Los Andes (Cuyo) y dice la historia que cuando pasa ese gran soplido de aire la gente queda deprimida y hasta se producen suicidios, por eso esta tonada cuyana que hice junto a Jorge Marziali se llama Elegía del Zonda”.
Para el último tema de la noche, Mestiza, canción que grabara junto a Teresa Parodi, Carnota recordó: “Lo compusimos porque a veces uno cuando va por ciertos lugares de América y de nuestro país, se le parte el alma cuando ve a los chicos carenciados que están a la buena de dios. De acá siempre hacemos fuerza para esto cambie y estos chicos puedan arrancar de una buena vez con una alegría. Este chamamé canción lo hicimos hace muchos años porque sentimos que teníamos una deuda con esa gente. Todavía me da bronca que el panorama no cambie”.
El trío sigue presentando este proyecto en el Velma Café con nuevos arreglos y un repertorio folklórico contemporáneo demostrando que las posibilidades que da la música cuando hay swing y esencia son infinitas. Por Guillermo Chulak
“Cada vez que grababa me iba sintiendo un poco mejor, por eso nació Remedio Pal alma”, así explicó la cantante Verónica Condomí la razón del nombre de su último disco solista (es el tercero) durante el recital que dio el 17 de noviembre en el teatro IFT. Y para presentar el nuevo material Verónica no estaba sola: compartió el escenario con Ernesto Snajer, guitarrista que aporta improvisación y la libertad del jazz ,y Mariano Cantero que, además de estar en Aca Seca, es parte del grupo de la folklorista Liliana Herrero. Como no podía ser de otra manera el recital arrancó a eso de las diez de la noche con una chacarera bien potente donde Snajer y Cantero pudieron lucirse explotando al máximo sus potencialidades ya desde el primer tema como para demostrar la inquietud creativa del trío.
Siguieron con “Tzutuhil” (un tema tradicional de Guatemala), pegado tocaron Si llega a ser tucumana del Cuchi Leguizamón y una cueca, La jugosa. Para la siguiente interpretación Verónica se calzó el bombo para sumarse a la percusión y antes pronunció: “dicen no más que donde hubo fuego, cenizas quedan”. En el medio de la canción Snajer aportó a la riqueza musical de la noche un punteó de La Arenosa.
Y llegaría el momento de hacer el primer tema incluido en Remedio Pal Alma: dos corazones con un texto que la voz de la cantante no podría decir de otra manera: “si alguno se me muriera, el otro andará”. Para ese entonces Verónica dejó el bombo para agarrar la guitarra y hacer De los días, los más lindos, canción también incluida en el último disco que contiene un verso que identifica la obra de la cantante que comenzó por su paso por MIA, MPA, La Manija y varios proyectos colectivos : “una esperanza milenaria es lo que me empuja a cantar”.
“Los temas que viene no los conocen y se los voy a ir presentando”, explicó Verónica para referirse a las canciones de Remedios Pal Alma. Continuaron con “La puerta del sol” donde contó que la melodía nació de un viaje revelador que hizo al Machu Picchu. Más adelante vendría un son mejicano: Para un amanecer del disco Cielo Arriba donde Verónica tocó el charango. Luego, hicieron un bolero cubano con una letra que la propia cantante se encargó de destacar finalizada la interpretación: “por qué no estás conmigo, si te quiero con el alma”.
Juan Quintero fue el primer invitado de la noche para hacer Andando. En el disco también participó Luna Monti. Seguido a ese tema hicieron la chacarera la Añoradora también del disco Cielo Arriba. Una de las grandes emociones de la noche llegaría cuando Verónica anunció: “Ella me dio la vida, mi mamá me enseñó esta canción”. Entonces, su mamá se hizo presente en el escenario para que ambas canten a dúo una polca paraguaya.
En la casa de los Condomí la mayoría son músicos, su papá también lo fue ((a Miguel Condomí lo fusilaron en octubre de 1976). “cuando estaba en la panza, mi papá tuvo un sueño: iba caminando por una calle y cuando dobló en una esquina vio un cartel que decía Verónica Condomí, entonces, me puso este nombre”. Casi llorando comentó que iba a hacer dos temas de él que están en el nuevo disco: Diles, río” y “Preguntá vos, chacarera”. Para el primer tema, su hermano Quique tocó el violín.
Llegaría el momento de los agradecimientos de las muchas personas que participaron en Remedio Pal Alma: Luna Monti, Juan Quintero, Hugo Fattorusso, Raly Barrionuevo, Tavo Kupinsky de Los Piojos, Agustín Ronconi de Arbolito y su hija Emme.
Antes de hacer el famosísimo tema “Chacarera de las piedras” de Yupanqui una mujer del público subió para entregarle un ramo de flores que ella agradeció con un abrazo que duró unos cuantos minutos.
Finalmente, la emoción volvió a repetirse cuando hicieron polca paraguaya junto a su mamá y esta vez además de cantar, se dio el lujo de bailar ante el aplauso cerrado de todo el teatro. La gente terminó aplaudiendo de pie este repertorio que buceó por los mejores folklores de América. Por Guillermo Chulak
¡Siiiii!. No hay drama. Veníte al teatro, al Gargantúa, el que está en Jorge Newbery al 3500, casi esquina Córdoba. Sábado a las cero horas. Nos vemos ese día entonces, un abrazo, chau”, el que responde todo esto por celular es el actor Carlos Belloso. Cuando llegué ese sábado como habíamos acordado al teatro Gargantúa, esperé media hora antes que comience la función sentado en una mesa del bar que está delante de la sala principal que sirve para recibir a los espectadores. Cuando se hicieron las doce de la noche, nos dijeron que ya podíamos entrar en la sala que cuenta con una capacidad máxima de 130 espectadores. En ese espacio hay un escenario con plataforma y también hay mesas para tomar algo. De las diez o doce mesas que había esa noche, una estaba ocupada por amigos del actor, entre los cuales estaban sus compañeros de Jamel (teatro sin animales), escrita y dirigida por Pablo Cedrón, Marcelo Mazzarello y Ernesto Claudio. Cuando terminó la función de Pará, Fanático, un unipersonal con mucho humor, se acercó a saludar a sus colegas. Luego de haber estado aproximadamente una hora y media sobre las tablas haciendo un despliegue impresionante de personajes (desde un plomero, el famoso Vasquito, una mujer, el doctor Peuser, hasta la interpretación de una tortuga), ahí estaba Belloso, con una actitud tímida, tranquila, agradeciendo los elogios que le hacían por la actuación mientras sus manos descansaban en los bolsillos de una campera negra jogging con capucha. “En la actuación yo hago todos los oficios que quiero, arriba del escenario puedo llegar a hacer un industrial, un ingeniero, un plomero, puedo hacer cualquier cosa en este trabajo”, confesaría más tarde. Mientras todavía seguían las felicitaciones, me presenté, hasta ese momento solo habíamos tenido la charla telefónica. “Dale, llámame en la semana y arreglamos para vernos otra vez”, dijo. El lunes volví a llamarlo. Quedamos en vernos nuevamente el miércoles a las cuatro en el Gargantúa. Miércoles en Chacarita. Llueve. Entro nuevamente al bar del teatro. Puntualmente a las cuatro veo por uno de los ventanales que llega Carlos acompañado por otra persona que sostiene un paraguas. Nos saludamos, igual que el sábado, con un abrazo y un beso. “Me esperas unos segundos” y habla con otras personas sobre trabajo. Se siente como en su casa dentro del lugar. “Es como el club del barrio, como la sociedad de fomento, además vivo acá a la vuelta”, contará más tarde. Cuando termina de ordenar sus asuntos, se acerca nuevamente y dice: “ahora si, ya podemos hablar ¿nos sentamos? ¿Te parece ahí?” Y señala una mesa alejada de las otras que están ocupadas por otras personas, y nos vamos a un sitio que da más intimidad y servirá para tener una mejor conversación. Antes le pedimos a la moza dos cortados. “Vos dirás”…, dice este hombre casi calvo, bufanda al cuello, de 1,70 de estatura, que nació un 5 de Abril de 1963, que logró popularidad con sus personajes en la televisión: el barra brava bizco de RRDT, el Vasquito de la tira Campeones, Willy de Tumberos y Lito de Sol Negro, mientras parece mirarme con fijeza detrás de esos lentes que lo caracterizan. Comenzamos hablando de las notas periodísticas que hasta el momento le hicieron. ”Nadie ha dado en el clavo en donde yo quiero apuntar. Entonces, cuando comienza la entrevista se me abren dos posibilidades: o voy por la superficie y digo cualquier verdura o internalizo lo que realmente me preocupa que es descubrir qué nos está pasando, que es más abarcativo, que tiene una raíz metafísica y existencial esa preocupación”. Hasta ese momento Belloso parecía demasiado calmo y seguro de sí mismo. Entonces, quise saber si siempre había sido así. “Básicamente, soy tímido (no en vano había elegido la ubicación de la mesa). Ahora no tanto, pero lo fui mucho tiempo. El tema es que la actuación trabaja sobre eso, sobre los obstáculos que vos tenés. El actor, no quiero generalizar, tiene una cuota de inhibición que, en crecimiento, se propone saltear. El aprendizaje, creo, consiste en eliminar los impedimentos que un tímido tiene que eludir para llegar a ser extrovertido. A la introversión hacerla extroversión”. Un actor creíble dentro de un hombre tímido. Cómo lo había logrado. La historia se remonta a su egresó de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires donde conoció a Damián Dreizik y formaron el dúo “Los Melli”. Trabajaron durante diez años, presentándose noche a noche en el Parakultural, incluidas giras por el interior del país. Claro, lo había alcanzado con mucho trabajo y mucha técnica. También quería saber cómo es el hombre que no es actor, aunque algo intuía de lo poco que lo conocía: “Trato de no perder mi forma, tengo un comportamiento normal que es el de una persona de barrio. No tengo un sistema de divo, no me manejo con un asistente de prensa, entonces todo lo arreglo intuitivamente, no sabía como eras vos, anda a saber con qué me encontraba (se ríe). Eso es mi persona”. Un individuo que mantiene su raíz en sus comienzos porque antes de que llegara a la actuación, el camino fue largo también. “Me ganaba la vida como cualquiera. Tuve un oficio en un momento que era la carpintería y logré conseguir en una empresa un buen pasar en una carpintería metálica. Trabajé ahí durante un tiempo y después vino el servicio militar en el ’82 y me cortó de cuajo esa posibilidad, 18 meses estuve en la colimba y ahí decía: ‘la puta que lo parió. Por qué esta mierrrrrda me hace torcer una dirección en donde yo venía muy bien’. Me dio mucha bronca, entonces, pensé, no voy a laburar más en mi vida y tras un año de presión familiar mal, dije: me voy a dedicar al arte, en general, dibujar, pintar cositas, actuar, hacer música,me puse a leer los surrealistas, a hacer poemas, pero al mismo tiempo este oficio (la actuación) estaba gestándose sin que lo supiera todavía, o sea, fue genial”. Y en esa actividad actoral que abrazó hace tanto tiempo, un trabajo todavía más complicado de los que venía desarrollando hasta entonces, quise saber si alguna vez se había sentido perdido. ¡¡¡¡Siii. La incertidumbre es lo mejor que hay!!! Establece lo humano. Por ejemplo: no tendríamos que saber que vamos a morir, es terrible, es un bajón, los bichos viven de otra manera, tienen otra relación, no saben qué les va a pasar, y nosotros, al saberlo, no lo podemos manejar”. En ese estado de perplejidad en el que dice estar sumido, le pregunté si había hecho terapia alguna vez. “Hice terapia en dos momentos de mi vida en donde lo necesitaba, me sirvió, pero al mismo tiempo la crítica es feroz porque no profundiza la psicología, lo deja ahí estancado con preceptos.” Belloso no habla desde cualquier lugar: en la serie televisiva Sol Negro interpretó a un psicótico y en el seno de su familia tuvo familiares que estuvieron internados en neuropsiquiatricos. La locura, de alguna manera, quizás como a todos, le tocó de cerca y es algo que parece no molestarle. “Hay un mecanismo del cual es difícil salir en donde uno no puede enloquecer tranquilo, siempre la locura es signo de que algo está corrido de lugar, de que está fuera y no necesariamente está afuera, está adentro, convive con nosotros, como el asunto de las cárceles, la cárcel no está fuera, está más adentro de nosotros de lo que se piensa”. En el bar del Gargantúa hay colgados muchos cuadros. Hay uno que enmarca una nota que le hicieron en el diario Clarín que se titula con una frase suya: “Las estructuras me ponen nervioso”. Viendo los cuadros me contó que la mayoría de los marcos los había hecho él: “Los agarro con una morsa y voy haciendo encajes. Ese es un cuadro mío (y señala uno que enmarca un poema, también de su autoría): ‘El lobo y caperucita congelados por el infierno en su enorme inocencia’. ¿Entendes? El cuadro está atrás, está al revés”. En ese momento me explicó que el poema, en realidad, es el título de un cuadro que está atrás, o sea, hay un dibujo que mira hacia la pared y nadie lo sabe. Había visto el poema el otro día cuando fui a ver la función y nunca podría adivinar que atrás está el verdadero cuadro, no hay nada que lo indique. “El verdadero cuadro no se ve. Lo hice así para que pregunte la gente y para que se cuestionen y digan, ‘qué será lo que hay atrás de eso’. Hay gente que me pregunta y yo quiero llegar a la persona que diga, bueno, mostrámelo. Está bien, sabés cuánto sale descolgar ese cuadro y que te lo de: 4000 dólares, vos estás dispuesto a pagar eso. Nooo, obviamente que no, bueno, dejálo así entonces, eso es el arte también”. Este ser afectuoso, sencillo, que tiene a la actuación incorporada a su forma espontánea de ser, tiene, también, su manera particular de ver al arte. Su pensamiento singular que ocupa en su totalidad la mente de Belloso tiene sus raíces en la literatura que asiduamente consume: “Leo mucho. Siempre cinco, seis libros al mismo tiempo, lo cual no quiere decir que sea un buen lector, sino que soy muy fragmentario. Ahora estoy retomando Nieztche, pero así a lo pavote. Quería hacer una obra de teatro sobre Nieztche, pero agarrar un libro, por ejemplo, El Anticristo o el Nacimiento de la Tragedia o Zarathustra o cualquiera y hacerlo obra de teatro, después me arrepiento, entonces lo único que queda es leer Nieztche (se rie)”. Llevábamos como tres horas de charla y como hablar es una actividad física y que, por lo tanto, al cabo de cierto tiempo, cansa, para el final también hubo tiempo de tocar temas como el sistema capitalista: “Ponelo en términos filosóficos marxistas, capitalismo, burguesía, nombres como lo nombres, hay un sistema donde uno está merodeando el afuera y el sistema lo encarcela, encarcela ese discurso, lo mete dentro. Va a llegar un momento donde el sistema va a tener que abrirse porque ya van a faltar dos segundos para que se acabe el planeta. Un día lo va a tener que hacer, va a tener que abrirse todo y decir: ‘no me importa la locura, porque la locura la tenemos todos’. Lo que yo propongo es, justamente, decir: si hasta ahora nos va para el culo, no solamente en este país, nos va para el culo en la humanidad porque estamos a dos segundos de que explote todo. Entonces, qué esperamos para hacer todo lo contrario y todo lo contrario es: liberar los discursos, convivir con ellos, sea capitalismo, sea marxismo, sea cualquier cosa. Y, al mismo tiempo, para mucha gente es utópico esto, pero lo que yo digo no es idealismo, ni es utopía, sino que es sentido común, si nos va mal, por qué seguimos estando mal”.
Cuando Fabián Casas escribe, piensa específicamente en una reducida casta de lectores: sus amigos de la infancia de Boedo. Aquel barrio donde creció y al que considera “la caja de resonancia de miles de historias”, “la partitura” de su música. Los Lemmings y otros es un libro de cuentos que se concentran en la infancia y adultez del escritor, quien afirma que todo lo que narra ocurrió de verdad. Los primeros tres relatos aluden a la niñez, a los descubrimientos del personaje, a la primera vez de muchas cosas. Recuerda a los picaditos en el baldío de la calle Agrelo, a las figuritas “meladas”, al jarabe de la tos con el que buscaban quedar “puestos” y a una figura materna omnipresente e imprescindible. Casas es poeta y narrador. Nació en 1965 y se crió en el barrio de Boedo, haciéndose hincha ferviente de San Lorenzo. Es considerado uno de los escritores más importantes de la generación de los noventa. En poesía publicó Tuca (1990), El Salmón (1996), Oda (2004) y El Spleen de Boedo. En narrativa tiene publicado Ocio (2000) y una serie de relatos y ensayos publicados en la editorial Eloísa Cartonera. Los Lemmings y otros es un libro lleno de nostalgia, de recuerdos, de amigos que no se vuelven a ver. Casas, jugando con recursos autobiográficos, recupera en forma desfachatada y vívida una niñez barrial llena de amistades, rock´ n roll y peleas callejeras. Estos relatos atiborrados de añoranza, lejos de tener un tono grave, hilvanan un humor esencial que les da color y una cadencia fascinante a la prosa intimista del autor. En el cuento que le da nombre al libro, Andrés, el alter ego de Casas, cuenta cuando por primera vez sintió que le gustaban las mujeres, al ver como una chica de sexto grado, de manera perfectamente mujeril, tomaba agua en un bebedero del colegio. Luego, en “Los Cuatro Fantásticos” describe la relación de un niño con las diferentes parejas, transitorias y efímeras, que va teniendo la madre: desde un profesor de escuela hasta un reparador de antenas. Ya, en el último de los relatos que gira en torno de la infancia, “El Bosque Pulenta”, aparece un Andrés (Fabián Casas) en las puertas de la adolescencia, acompañado por el callejero y prematuramente adulto Máximo Disfrute, que lo lleva a descubrir, entre otras cosas, lo que se siente extrañar a alguien, la existencia de la palabra “cojer” y otros términos infaltables en el glosario barrial. Con estos tres cuentos, el autor pone fin a las anécdotas pueriles para adentrarse a una etapa que narra situaciones de la adultez. Como cuando conoció a su novia, en “Asterix, el encargado”, y a los pocos días se fue a vivir con ella a su departamento, donde forja una amistad que roza lo absurdo con el portero del edificio. O en “Casa de diez pinos”, donde el personaje, enviado por la editorial en la que trabaja, debe acompañar al Gran Escritor (según parece, se refiere a Juan José Saer) a que diera una charla en un café. En uno de los cuentos, el autor evidencia su desconfianza a la madurez cuando escribe que “un adulto es alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de buen final”. El libro deja en claro, como diría Baudelaire, que la patria de Casas, y la de todos, queda en la infancia.
Por Emiliano San Román Perfil de WASHINGTON CUCURTO
La cita era en la biblioteca Evaristo Carriego, ubicada en pleno barrio de Palermo. Allí es donde Santiago Vega, más conocido en el circuito literario como Washington Cucurto, cumple todo los días su labor como empleado administrativo. Luego de anunciarme ante el guardia de seguridad, esperé unos minutos en la puerta hasta que apareció una figura robusta, de un metro ochenta y pico, con pelo carpincho hilvanado a una barba ríspida y oscura. Se presentó y dijo con tono timorato que lo esperara en el bar de la esquina. “Estoy en una reunión con mi jefe. Pedite un café que en veinte estoy con vos”. Washington Cucurto (o Santiago Vega) nació en Quilmes hace 35 años, está casado y tiene dos hijos. Es escritor y uno de los principales referentes de la literatura argentina de los noventa, la cual se caracteriza por abordar temas marginales, distanciados de lo tradicional: el fútbol, una noche en un boliche, sexo, drogas, un juego electrónico. La figura construida del autor también es distinta, ya que no está alejada de la cotidianeidad del hombre común, sino que resalta su aparente normalidad. Es importante mencionar que gran parte de la generación de los noventa no puede vivir sólo de la escritura. Cucurto es una porción de esa mayoría. Tanto en sus poemas como en sus relatos reluce un mundo de inmigración, bailanta y música tropical, con historias delirantes sustentadas por un preciso manejo de las diferentes jergas populares y neologismos. Es así que el escritor quilmeño logró convertirse en un autor de culto con la estrambótica e impensada cruza entre las letras y la cumbia; género que él mismo denominó “Cumbiela”. Sus publicaciones de poesía son Zelarrayán (Ediciones Deldiego, 1998), La máquina de hacer paraguayitos (Siesta, 2000), 20 pungas contra un pasajero (Vox, 2003) y Hatuchay, publicado en 2005 por la editorial mexicana El billar de Lucrecia. Escribió las novelas Fer (Eloísa Cartonera, 2003), Panambí (Eloísa Cartonera 2004), Las Aventuras del señor maíz (Interzona, 2005) y Cosa de negros (2006, Interzona) que reúne los relatos “Noches vacías” (nombre de una conocida cumbia interpretada por Gilda) y la novela que lleva el nombre de la edición, la cual ya había sido publicada en el 2003.
Cucurto aparece en el bar junto a Baltazar, su pequeño hijo de cuatro años (que es la versión de Vega en miniatura) y comienza a lamentarse: “Está todo mal, me bajaron línea. Macri dijo que iba a echar a todos los ñoquis y mi jefe vino a advertirnos. Qué sé yo. Espero que no pase nada”, implora asustado. Luego, de manera súbita, cambia de tema y me pide que lo acompañe a comprar al supermercado; un colosal Coto ubicado sobre la calle Honduras, a metros de la biblioteca. “En este monstruo trabajaba yo. No era ni un cuarto de lo que es ahora”, suelta con voz nostálgica. Ni bien entramos, tropieza con una bella y voluptuosa mujer, ex compañera de trabajo. Después de intercambiar algunas palabras, Cucurto comenta exultante: “Qué mujer, por dios. ¿Viste lo que está? Trabajaba conmigo. Me dijo que hace un par de semanas leyó una nota que me hicieron en el diario. Qué lindo carozo”, dice mientras paseaba por los pasillos en busca de saquitos de té para su esposa. “Creo que era de boldo. Hijo, qué té toma mamá. Sí, de boldo. La verdad que esa mina me dejó turulato, no puedo pensar”. Sigue desfilando ante las góndolas atestadas de alimentos, pero probablemente vacías para él, ya que lo único que habita su cabeza son las carnosas piernas de su antigua compañera y actual supervisora de la tienda. Es que antes de dedicarse a la literatura, Cucurto fue repositor de supermercado y muchas experiencias vividas en aquel lugar operan como inspiración para gran parte de su obra. “De acá tengo los mejores recuerdos. Me divertía. Además sirvió para que escribiera muchos de mis relatos”, rememora mientras echa un último vistazo al local, luego de pagar el té y un enorme mantecol elegido por Baltazar. En el relato El hombre del casco azul Cucurto escribe lo siguiente: “Ya llegamos al Coto, desde la Playa de Estacionamiento, respiren el aire puro de la mañana, miren desde acá mientras encadeno la bici, las gigantescas góndolas, qué naves, qué maquinas de la perfección humana. La góndola. Ella nos da un lugar de pertenencia. Góndolas, las hay de todos los tamaños con todas las cosas que se imaginan y las que nunca vieron”.
La biblioteca Evaristo Carriego, también conocida como “La casa de la poesía”, es un PH antiguo, provisto de un largo pasillo que distribuye el archivo y la sala de lectura. Está ubicada en la calle Honduras 3784, rodeada de lujosos edificios y casas vistosas. De allí, seguramente, salen los acaudalados residentes para comprar en el mismo kiosco donde a Cucurto le cobraron dos pesos un comprimido para el malestar estomacal. “¿Cómo puede ser? El otro día compré lo mismo en Almagro y me cobraron un peso. Este barrio es de terror”, dice consternado. Aunque haya publicado una docena de libros y se haya convertido en un distinguido autor de culto, Santiago Vega debe sustentar a su familia trabajando como empleado administrativo en la oficina de la biblioteca. El ambiente está desordenado, saturado de papeles sueltos, ropas y envases de alimentos recientemente consumidos. Mientras da detalles de sus comienzos como escritor, su hijo lo interrumpe a cada minuto. El le llama la atención con un modo apacible, siempre en voz baja, para no molestar a los visitantes del lugar. En tono de broma y solemne a la vez, le advierte que está con el rey del “realismo atolondrado”, que lo debe respetar. “Además de ser una parodia al “realismo mágico” de García Márquez, es para designar lo que uno hace. Los estilos, el mundo que voy contando, las historias atolondradas. Es para jugar un poco”, aclara sobre la corriente. Santiago Vega empezó a escribir a los veinticuatro años, en el momento que descubrió algunos libros con los que lograba identificarse y a los que él mismo clasifica como literatura rara. “Tenía mucha influencia incorporada. Empecé a escribir, mezclando un poco los estilos de Perlongher, Zelarrayán, Lamborghini, mucha literatura chilena y peruana. Esa cosa callejera me gustaba. Así fui incorporando mis propias experiencias de manera exagerada”. Nunca hizo talleres, ni estudió nada relacionado a las letras, y fue la televisión, la calle, chicas que conoció o algún baile cumbianchero lo que le dio pie para incursionar en el arte de la escritura. “La música es muy influyente en mí. Escucho de todo tipo, aunque la cumbia es una influencia poderosa: santafecina, tropical, colombiana. Villera, también”, enumera al mismo tiempo que muestra algunos de los discos que lleva en su mochila. Porque aunque Cucurto sea un personaje creado por Vega (que, incluso, aparece en algunos de sus libros; por ejemplo, en Cosa de negros), ambos tienen incontables similitudes, como la cercanía a la inmigración, a lo marginado. “He tenido relación con gente de afuera gran parte de mi vida. De hecho en la mayoría de mis libros, los personajes siempre aparecen de otros lados. Principalmente es porque de chico me crié en un barrio de bolivianos y paraguayos. Se llama Los Pinos, queda en Berazategui. Mi padre era vendedor ambulante y le vendía a toda esa gente. Yo siempre lo acompañaba.”, dice con los ojos extraviados, recordando. Baltazar también lo acompaña a todos lados. Se escabulle y retoza por los rincones de la biblioteca, tratando de ganar un protagonismo que se merece. Le pide aviones y barcos de papel a su padre, quien no muy seguro agarra una hoja y se sume en la tarea de fabricarlos. Su copiosa concentración es incongruente con el resultado final: un bollo estrujado que apenas insinúa la forma del navío. Baltazar lo increpa y le dice que es feo. Cucurto contesta: “Bueno hijo, papá, como mucho, sabe pintar tapas”.
Además de dedicarse a la escritura y a la recepción de la biblioteca, Santiago Vega, junto a Javier Barilaro y Fernanda Laguna, dirige la editorial Eloísa Cartonera: un proyecto artístico y comunitario sin fines de lucro, donde se editan de manera artesanal textos de autores conocidos e ignotos. “Tratamos de impulsar una estética diferente, desprejuiciada y desarraigada de lo formal. El objetivo –dice- es que estos relatos y poemas pueda comprarlo cualquier persona, de cualquier casta económica y social”. Es allí donde se lo puede ver a Cucurto pincelando las portadas (que son todas diferentes) y encuadernando los libros hechos de cartón comprado a cartoneros, al doble del costo habitual. El lugar: un grabador que ejecuta algún tema de La Re Pandilla, un poster de Don Ramón (uno de sus ídolos), otro de Evo Morales (a quien considera el mejor presidente latinoamericano), una sofisticada encuadernadora, un mate, libros y más libros. En Eloísa se respira y se observa una atmósfera que se obstina en definir y sintetizar al “rey del realismo atolondrado”: la Cartonera y Cucurto son cumbia, trabajo y literatura para el pueblo
La cita fue el primero de septiembre a las 21 en el ND Ateneo. Los espectadores estaban sentados en sus butacas mirando al escenario esperando que apareciera este hombre que nació en Buenos Aires en noviembre del ‘48, pero todos giraron sus cabezas porque él ingresó micrófono en mano y recitando un poema por una de las puertas principales que utiliza el público para ingresar el recinto. Al terminar la catarata de frases, y ya una vez sobre las tablas, se mandó con tres temas al hilo de su nuevo disco “A mí la calle”. Finalizadas las tres canciones llegó el momento de que Rafael Amor, poeta y músico argentino que lleva tres décadas residiendo en España, hablara con el auditorio luego de que cesara el aplauso cerrado.Ahí contó qué había tocado: Patria será patria, Al sauce y la canción que lleva el nombre del disco, A mí la calle. Amor, que hasta ese momento estaba solo con sus versos y su guitarra, relató, siempre acotando con un toque de humor que nunca perdería a la lo largo de la función, que estaba con gripe, pero que igual estaba dispuesto a dar lo mejor de sí. También, en ese breve intervalo se dio el lujo de cantar a capella una parte del tango Caminito.Entonces, llegó el momento de presentar al dúo “Enarmonía” de Haydée Chaparro y Guido Tonina, este último encargado de realizar los arreglos, dirección del disco y, además, de tocar la guitarra a lo largo del repertorio. Haydée pondría su voz.Amor dejó en claro que no en vano se proclama un cantante político. “Este año volvieron a pegarle un tiro en la nuca al pueblo argentino”, señaló. Se estaba refiriendo a la muerte del docente Carlos Fuentealba, fusilado por la policía de Neuquén. Cuando mencionó el nombre del maestro alguien del público gritó: “¡presente!”. Luego, continúo haciendo una reflexión entre el nombre Fuentealba y Fuenteovejuna de Lope de Vega en donde también se hizo abuso de poder. Por eso el nombre de la siguiente interpretación que tocó con el invitado Carlos Jaldra en percusión se llama nada más y nada menos: “Fuentealba” con un estribillo que el público también cantó que dice: “Fuentealba – Fuenteovejuna, ante la impunidad todos a una”.Más adelante llegaría el turno de que ingrese al escenario Marcia Müler para tocar el acordeón. Con ella hizó el tema “Los prestidigitadores”. Antes, Amor se refirió a los malabaristas que trabajan en los semáforos. Como dice el propio cantor en el folleto que se le entrega a los espectadores, la melodía fue dedicada a “esos que están en la calle urgidos por sobrevivir entre la mendicidad y el descaro, los que todos los días creen tener una nueva ‘martingala’ para ganar en la ruleta del pan”.Luego vendría Cantabros, un tema dedicado a su abuelo, un inmigrante español. Continúo con los temas Otoño (en donde hizo el ingreso su hija Delia que seguiría acompañándolo a lo largo del repertorio en los coros), Toda la noche he cantado (“cuentos de borrachos”, como se encargó de definir) y Andar en bicicleta que es la historia de un amigo suyo desaparecido en Rosario durante la Dictadura.También, al escenario subió su amigo el poeta Miguel Angel Loguera con quien cantó el tango Dock Sud, amanecer y lluvia.Amor es un referente claro de lo que es el enfrentamiento abierto contra el sistema. Por eso, en el medio del recital, hubo tiempo de ver en formato DVD por pantalla gigante la interpretación de la canción “Porcelanato”, realizada y grabada en la fábrica recuperada por los obreros Fasinpat (Fábrica Sin Patrones) ubicada en la provincia de Neuquén.Siguiendo, casi, con la misma línea ideológica de Pino Solanas que, también, apuesta firmemente en las capacidades con las que cuenta el país para enfrentar su reconstrucción, antes de presentar el material, apuntó: “Se está pidiendo cancha para otra Argentina”.Luego de la proyección, entraron al escenario todos los que acompañaron a Amor a lo largo del recital cantando "Corazón libre", aquel clásico tema que grabará con la colaboración de Mercedes Sosa y Alberto Cortéz.Finalmente, como antesala de "No me llames extranjero", canción que alcanzara una gran repercusión y que hoy está más vigente que nunca, el poeta de voz profunda, autor de temas repletos de ternura y razones, sentenció: “la Nación nuevamente está ante una gran disyuntiva: optar por desaparecer o pelear una nueva independencia”.
Sobre el escenario del ND Ateneo el viernes 14 de septiembre a las 21 había un sillón, la luz de un velador encendida, una par de mesas con copas de vino tinto y fotos sujetas de hilos invisibles que parecían flotar en el aire. Todo estaba preparado para que la cantante Liliana Herrero, acompañada por Mariano Cantero, en percusión y Matías Arriazu, en guitarras, repase sus 20 años de carrera en otra presentación de la serie de actividades denominadas “Todos estos años de gente”.Cuando la intérprete rosarina subió a escena arrancó con Confesión del viento, tema de Juan Falú que le diera nombre al disco que Herrero editó en el 2003. Le siguió Cosechero, de letra y música de Ramón Ayala en donde le tocó el turno de participar al invitado Horacio Castillo para acompañar en la segunda guitarra.Los músicos que subían a tocar a lo largo de la noche eran iluminados apenas por una luz tenue que dejaba fluir los sonidos de otra forma, más tranquila, más relajada, uno se sentía realmente bien en la butaca. La expresión escénica era la ideal para mostrar el universo estético que desarrolló a lo largo de estas dos décadas.Más adelante, llegaría el turno de que ingrese la cantante Lidia Borda para hacer Pueblito, mi pueblo. Cuando terminaron de cantar la canción, Herrero por primera vez se sentó en el sillón y mientras con una de sus manos sacudía un abanico español por su rostro (siempre por efecto de las luces el calor ahí arriba suele ser insoportable) se dedicó, (y todos también lo hicimos) a escuchar un sólo de guitarra de Horacio Castillo interpretando un tema de su autoría, Chamarra de los Lapachos.Finalizada la chamarrita, ingresó la cantautora uruguaya Ana Prada para cantar Tierra Adentro, un valsecito que dice “si el tiempo corre hacia el mar, yo voy tierra adentro”. Luego del abrazo entre Prada y Herrero, llegó el momento (no serían muchos) en donde Liliana le habló al público con la voz entrecortada por la emoción: “Años de gente…Gracias por compartir conmigo…” (ahí las lágrimas no le permitían hablar). Pero como pudo concluyó la frase: “No conviene… Cada cosa a su tiempo. No digo más nada”.Y llegó el momento de presentar al cantautor uruguayo Fernando Cabrera para hacer La casa de al lado, tema que también grabara Juan Carlos Baglietto.Y en esta especie de celebración de sus veinte años de carrera también llegaría la oportunidad para que toque el piano Nora Sarmoria, y Claudio Bolzani apareció también para hacer Ay Soledad.“El corazón está herido”, dijo Herrero antes de alzar su copa con vino….”así nomás, pero no por ningún amor perdido…por el tiempo…Menos mal que canto”. Cuando se mira hacía atrás es factible la invasión de la nostalgia. Cierta angustia da ver el paso del tiempo.En este camino recorrido desde que grabó su primer disco, que lleva su nombre, y fue registrado con la complicidad de Fito Páez, una vez más cantó Canción de las cantinas de Castilla con la particularidad, esta vez, de que el percusionista Mariano Cantero extrajo sonidos al frotarle los dedos a unas copas de cristal.También, antes de hacer un candombe y con la voz extenuada de tanto cantar, Herrero mencionó que entre el público estaba el periodista Martín Caparrós, quien escribiera una dedicatoria en el disco La Isla del Tesoro.Cuando ya la cantante y profesora de filosofía daba por concluido el recital, uno de los espectadores le pidió Oración del Remanso de Jorge Fandermole que cantó a capela con la sala.Todos estos años de gente, además de tener una mirada nostálgica del pasado, es una canción de Spinetta que Herrero tomó como inspiración. El ciclo comenzó el 5 de septiembre cuando cantó en las presentaciones de Lisandro Aristimuño y Ana Prada; y el 12 lo hizo en las de Jorge Fandermole y Coqui Ortiz.Antes, el martes 4, fue la presentación del libro Liliana Herrero, Vanguardia y Canción popular, en el Centro Cultural Rojas. Participaron, entre otros, Fito Páez y Horacio González. Mientras que los martes 11 y 18, también en el Rojas, Cristina Banegas, Cecilia Roth y Leonor Manso leyeron a distintos poetas.Por otra parte se hará en el ND Ateneo, con entrada gratuita una muestra de fotos de Nora Lezano, Luis Abadi, Eduardo Martí, Marcos López, Alejandro Kuropatwa, Horacio Sbaraglia, Eduardo Torres.Finalmente, para concluir esta serie de actividades culturales habrá otra fecha el 18 en el mismo teatro y tendrá como invitados a Fito Páez, Luis Alberto Spinetta, Teresa Parodi, Gerardo Gandini, Carlos Aguirre, Nora Sarmoria, Facundo Guevara y Claudio Bolzani.