
¡Siiiii!. No hay drama. Veníte al teatro, al Gargantúa, el que está en Jorge Newbery al 3500, casi esquina Córdoba. Sábado a las cero horas. Nos vemos ese día entonces, un abrazo, chau”, el que responde todo esto por celular es el actor Carlos Belloso.
Cuando llegué ese sábado como habíamos acordado al teatro Gargantúa, esperé media hora antes que comience la función sentado en una mesa del bar que está delante de la sala principal que sirve para recibir a los espectadores.
Cuando se hicieron las doce de la noche, nos dijeron que ya podíamos entrar en la sala que cuenta con una capacidad máxima de 130 espectadores. En ese espacio hay un escenario con plataforma y también hay mesas para tomar algo. De las diez o doce mesas que había esa noche, una estaba ocupada por amigos del actor, entre los cuales estaban sus compañeros de Jamel (teatro sin animales), escrita y dirigida por Pablo Cedrón, Marcelo Mazzarello y Ernesto Claudio.
Cuando terminó la función de Pará, Fanático, un unipersonal con mucho humor, se acercó a saludar a sus colegas. Luego de haber estado aproximadamente una hora y media sobre las tablas haciendo un despliegue impresionante de personajes (desde un plomero, el famoso Vasquito, una mujer, el doctor Peuser, hasta la interpretación de una tortuga), ahí estaba Belloso, con una actitud tímida, tranquila, agradeciendo los elogios que le hacían por la actuación mientras sus manos descansaban en los bolsillos de una campera negra jogging con capucha. “En la actuación yo hago todos los oficios que quiero, arriba del escenario puedo llegar a hacer un industrial, un ingeniero, un plomero, puedo hacer cualquier cosa en este trabajo”, confesaría más tarde.
Mientras todavía seguían las felicitaciones, me presenté, hasta ese momento solo habíamos tenido la charla telefónica. “Dale, llámame en la semana y arreglamos para vernos otra vez”, dijo.
El lunes volví a llamarlo. Quedamos en vernos nuevamente el miércoles a las cuatro en el Gargantúa.
Miércoles en Chacarita. Llueve. Entro nuevamente al bar del teatro. Puntualmente a las cuatro veo por uno de los ventanales que llega Carlos acompañado por otra persona que sostiene un paraguas. Nos saludamos, igual que el sábado, con un abrazo y un beso. “Me esperas unos segundos” y habla con otras personas sobre trabajo. Se siente como en su casa dentro del lugar. “Es como el club del barrio, como la sociedad de fomento, además vivo acá a la vuelta”, contará más tarde. Cuando termina de ordenar sus asuntos, se acerca nuevamente y dice: “ahora si, ya podemos hablar ¿nos sentamos? ¿Te parece ahí?” Y señala una mesa alejada de las otras que están ocupadas por otras personas, y nos vamos a un sitio que da más intimidad y servirá para tener una mejor conversación. Antes le pedimos a la moza dos cortados.
“Vos dirás”…, dice este hombre casi calvo, bufanda al cuello, de 1,70 de estatura, que nació un 5 de Abril de 1963, que logró popularidad con sus personajes en la televisión: el barra brava bizco de RRDT, el Vasquito de la tira Campeones, Willy de Tumberos y Lito de Sol Negro, mientras parece mirarme con fijeza detrás de esos lentes que lo caracterizan. Comenzamos hablando de las notas periodísticas que hasta el momento le hicieron. ”Nadie ha dado en el clavo en donde yo quiero apuntar. Entonces, cuando comienza la entrevista se me abren dos posibilidades: o voy por la superficie y digo cualquier verdura o internalizo lo que realmente me preocupa que es descubrir qué nos está pasando, que es más abarcativo, que tiene una raíz metafísica y existencial esa preocupación”.
Hasta ese momento Belloso parecía demasiado calmo y seguro de sí mismo. Entonces, quise saber si siempre había sido así.
“Básicamente, soy tímido (no en vano había elegido la ubicación de la mesa). Ahora no tanto, pero lo fui mucho tiempo. El tema es que la actuación trabaja sobre eso, sobre los obstáculos que vos tenés. El actor, no quiero generalizar, tiene una cuota de inhibición que, en crecimiento, se propone saltear. El aprendizaje, creo, consiste en eliminar los impedimentos que un tímido tiene que eludir para llegar a ser extrovertido. A la introversión hacerla extroversión”.
Un actor creíble dentro de un hombre tímido. Cómo lo había logrado. La historia se remonta a su egresó de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires donde conoció a Damián Dreizik y formaron el dúo “Los Melli”. Trabajaron durante diez años, presentándose noche a noche en el Parakultural, incluidas giras por el interior del país. Claro, lo había alcanzado con mucho trabajo y mucha técnica.
También quería saber cómo es el hombre que no es actor, aunque algo intuía de lo poco que lo conocía: “Trato de no perder mi forma, tengo un comportamiento normal que es el de una persona de barrio. No tengo un sistema de divo, no me manejo con un asistente de prensa, entonces todo lo arreglo intuitivamente, no sabía como eras vos, anda a saber con qué me encontraba (se ríe). Eso es mi persona”.
Un individuo que mantiene su raíz en sus comienzos porque antes de que llegara a la actuación, el camino fue largo también.
“Me ganaba la vida como cualquiera. Tuve un oficio en un momento que era la carpintería y logré conseguir en una empresa un buen pasar en una carpintería metálica. Trabajé ahí durante un tiempo y después vino el servicio militar en el ’82 y me cortó de cuajo esa posibilidad, 18 meses estuve en la colimba y ahí decía: ‘la puta que lo parió. Por qué esta mierrrrrda me hace torcer una dirección en donde yo venía muy bien’. Me dio mucha bronca, entonces, pensé, no voy a laburar más en mi vida y tras un año de presión familiar mal, dije: me voy a dedicar al arte, en general, dibujar, pintar cositas, actuar, hacer música,me puse a leer los surrealistas, a hacer poemas, pero al mismo tiempo este oficio (la actuación) estaba gestándose sin que lo supiera todavía, o sea, fue genial”.
Y en esa actividad actoral que abrazó hace tanto tiempo, un trabajo todavía más complicado de los que venía desarrollando hasta entonces, quise saber si alguna vez se había sentido perdido.
¡¡¡¡Siii. La incertidumbre es lo mejor que hay!!! Establece lo humano. Por ejemplo: no tendríamos que saber que vamos a morir, es terrible, es un bajón, los bichos viven de otra manera, tienen otra relación, no saben qué les va a pasar, y nosotros, al saberlo, no lo podemos manejar”.
En ese estado de perplejidad en el que dice estar sumido, le pregunté si había hecho terapia alguna vez.
“Hice terapia en dos momentos de mi vida en donde lo necesitaba, me sirvió, pero al mismo tiempo la crítica es feroz porque no profundiza la psicología, lo deja ahí estancado con preceptos.”
Belloso no habla desde cualquier lugar: en la serie televisiva Sol Negro interpretó a un psicótico y en el seno de su familia tuvo familiares que estuvieron internados en neuropsiquiatricos. La locura, de alguna manera, quizás como a todos, le tocó de cerca y es algo que parece no molestarle.
“Hay un mecanismo del cual es difícil salir en donde uno no puede enloquecer tranquilo, siempre la locura es signo de que algo está corrido de lugar, de que está fuera y no necesariamente está afuera, está adentro, convive con nosotros, como el asunto de las cárceles, la cárcel no está fuera, está más adentro de nosotros de lo que se piensa”.
En el bar del Gargantúa hay colgados muchos cuadros. Hay uno que enmarca una nota que le hicieron en el diario Clarín que se titula con una frase suya: “Las estructuras me ponen nervioso”. Viendo los cuadros me contó que la mayoría de los marcos los había hecho él: “Los agarro con una morsa y voy haciendo encajes. Ese es un cuadro mío (y señala uno que enmarca un poema, también de su autoría): ‘El lobo y caperucita congelados por el infierno en su enorme inocencia’. ¿Entendes? El cuadro está atrás, está al revés”. En ese momento me explicó que el poema, en realidad, es el título de un cuadro que está atrás, o sea, hay un dibujo que mira hacia la pared y nadie lo sabe. Había visto el poema el otro día cuando fui a ver la función y nunca podría adivinar que atrás está el verdadero cuadro, no hay nada que lo indique. “El verdadero cuadro no se ve. Lo hice así para que pregunte la gente y para que se cuestionen y digan, ‘qué será lo que hay atrás de eso’. Hay gente que me pregunta y yo quiero llegar a la persona que diga, bueno, mostrámelo. Está bien, sabés cuánto sale descolgar ese cuadro y que te lo de: 4000 dólares, vos estás dispuesto a pagar eso. Nooo, obviamente que no, bueno, dejálo así entonces, eso es el arte también”.
Este ser afectuoso, sencillo, que tiene a la actuación incorporada a su forma espontánea de ser, tiene, también, su manera particular de ver al arte.
Su pensamiento singular que ocupa en su totalidad la mente de Belloso tiene sus raíces en la literatura que asiduamente consume: “Leo mucho. Siempre cinco, seis libros al mismo tiempo, lo cual no quiere decir que sea un buen lector, sino que soy muy fragmentario. Ahora estoy retomando Nieztche, pero así a lo pavote. Quería hacer una obra de teatro sobre Nieztche, pero agarrar un libro, por ejemplo, El Anticristo o el Nacimiento de la Tragedia o Zarathustra o cualquiera y hacerlo obra de teatro, después me arrepiento, entonces lo único que queda es leer Nieztche (se rie)”.
Llevábamos como tres horas de charla y como hablar es una actividad física y que, por lo tanto, al cabo de cierto tiempo, cansa, para el final también hubo tiempo de tocar temas como el sistema capitalista:
“Ponelo en términos filosóficos marxistas, capitalismo, burguesía, nombres como lo nombres, hay un sistema donde uno está merodeando el afuera y el sistema lo encarcela, encarcela ese discurso, lo mete dentro. Va a llegar un momento donde el sistema va a tener que abrirse porque ya van a faltar dos segundos para que se acabe el planeta. Un día lo va a tener que hacer, va a tener que abrirse todo y decir: ‘no me importa la locura, porque la locura la tenemos todos’. Lo que yo propongo es, justamente, decir: si hasta ahora nos va para el culo, no solamente en este país, nos va para el culo en la humanidad porque estamos a dos segundos de que explote todo. Entonces, qué esperamos para hacer todo lo contrario y todo lo contrario es: liberar los discursos, convivir con ellos, sea capitalismo, sea marxismo, sea cualquier cosa. Y, al mismo tiempo, para mucha gente es utópico esto, pero lo que yo digo no es idealismo, ni es utopía, sino que es sentido común, si nos va mal, por qué seguimos estando mal”.
Por Guillermo Chulak
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