jueves, 8 de noviembre de 2007

Literatura para viejos amigos


Por Emiliano San Román

Cuando Fabián Casas escribe, piensa específicamente en una reducida casta de lectores: sus amigos de la infancia de Boedo. Aquel barrio donde creció y al que considera “la caja de resonancia de miles de historias”, “la partitura” de su música.
Los Lemmings y otros es un libro de cuentos que se concentran en la infancia y adultez del escritor, quien afirma que todo lo que narra ocurrió de verdad. Los primeros tres relatos aluden a la niñez, a los descubrimientos del personaje, a la primera vez de muchas cosas. Recuerda a los picaditos en el baldío de la calle Agrelo, a las figuritas “meladas”, al jarabe de la tos con el que buscaban quedar “puestos” y a una figura materna omnipresente e imprescindible.
Casas es poeta y narrador. Nació en 1965 y se crió en el barrio de Boedo, haciéndose hincha ferviente de San Lorenzo. Es considerado uno de los escritores más importantes de la generación de los noventa. En poesía publicó Tuca (1990), El Salmón (1996), Oda (2004) y El Spleen de Boedo. En narrativa tiene publicado Ocio (2000) y una serie de relatos y ensayos publicados en la editorial Eloísa Cartonera.
Los Lemmings y otros es un libro lleno de nostalgia, de recuerdos, de amigos que no se vuelven a ver. Casas, jugando con recursos autobiográficos, recupera en forma desfachatada y vívida una niñez barrial llena de amistades, rock´ n roll y peleas callejeras. Estos relatos atiborrados de añoranza, lejos de tener un tono grave, hilvanan un humor esencial que les da color y una cadencia fascinante a la prosa intimista del autor.
En el cuento que le da nombre al libro, Andrés, el alter ego de Casas, cuenta cuando por primera vez sintió que le gustaban las mujeres, al ver como una chica de sexto grado, de manera perfectamente mujeril, tomaba agua en un bebedero del colegio. Luego, en “Los Cuatro Fantásticos” describe la relación de un niño con las diferentes parejas, transitorias y efímeras, que va teniendo la madre: desde un profesor de escuela hasta un reparador de antenas. Ya, en el último de los relatos que gira en torno de la infancia, “El Bosque Pulenta”, aparece un Andrés (Fabián Casas) en las puertas de la adolescencia, acompañado por el callejero y prematuramente adulto Máximo Disfrute, que lo lleva a descubrir, entre otras cosas, lo que se siente extrañar a alguien, la existencia de la palabra “cojer” y otros términos infaltables en el glosario barrial.
Con estos tres cuentos, el autor pone fin a las anécdotas pueriles para adentrarse a una etapa que narra situaciones de la adultez. Como cuando conoció a su novia, en “Asterix, el encargado”, y a los pocos días se fue a vivir con ella a su departamento, donde forja una amistad que roza lo absurdo con el portero del edificio. O en “Casa de diez pinos”, donde el personaje, enviado por la editorial en la que trabaja, debe acompañar al Gran Escritor (según parece, se refiere a Juan José Saer) a que diera una charla en un café.
En uno de los cuentos, el autor evidencia su desconfianza a la madurez cuando escribe que “un adulto es alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de buen final”. El libro deja en claro, como diría Baudelaire, que la patria de Casas, y la de todos, queda en la infancia.

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